domingo, 20 de enero de 2013

Belén: del nacimiento al muro, 2013 años de historia


La visita a Belén me parece obligada, pero no sólo por las referencias históricas y religiosas, que en el fondo no me parecen demasiado relevantes, sino porque es la forma más sencilla (aunque quizá demasiado light) de ver la realidad de la población palestina.



Es cierto que tuvimos el privilegio de tener un guía de excepción, ya que recorrimos la ciudad de la mano de Guillermo Nagore y sus explicaciones nos ayudaron mucho a comprender algunas cosas que si visitas la localidad con un viaje organizado no quedan a la luz de todos los turistas.


Cruzar el muro en coche particular es de por si un cambio respecto a las excursiones habituales en autobús. La carretera se corta por la mitad con el alto muro que separa Israel de Palestina, abruptamente. Por una vía lateral, coche a coche se controla a todo el que entra y sale de Belén. El pasaporte extranjero hace más fluido el paso.


De camino a la parte más alta de la ciudad, donde se encuentra la iglesia de la Natividad, hay que observar detalles peculiares que quedan ocultos a los turistas, como los asentamientos judíos en territorio de Belén o cómo los palestinos agudizan el ingenio y aprovechan el muro frente a un bar para pintarlo de blanco y convertirlo en pantalla gigante para disfrutar de los partidos de Madrid y Barça. Es realmente impresionante la pasión por el fútbol español que tienen en esta zona.


Visitar Belén la semana posterior a Navidad tiene su punto. Con el gran árbol que preside la plaza, el belén que está montado delante (con mula, buey y hasta oveja) y con todas las luces y adornos que hay por la ciudad. Antes de visitar los santos lugares y, para acabar con el tema palestino, recomiendo echar un vistazo al panel que hay en un lateral de la plaza y en el que se puede ver este gráfico revelador de cómo ha cambiado Palestina en los últimos 70 años hasta reducirse prácticamente a la nada por la presión israelí.



La iglesia de la Natividad, como otros templos de Tierra Santa, es modesto y humilde. Tanto que la puerta de entrada obliga a agacharse mucho para atravesarla. El interior es amplio pero austero, salvo los rincones ortodoxos que siempre tienen adornos y repujados acompañando a sus iconos. A la derecha se forman grandes colas para acceder a la cripta donde se supone que dio a luz la virgen María. Recomiendo ir a última hora, cuando las excursiones ya se han ido, para poder visitar este lugar sin problemas.


La cripta es pequeña y bajo un altar adornado hay una estrella con aceites que marca el punto exacto. A mano izquierda hay una pequeño "portal" con una imagen del niño Jesús  metida en una "palomera". Me resultó todo un poco cutre, pero los momentos de fe a los que se asiste resultan sobrecogedores aunque no los compartas.


Tras visitar el lugar donde dicen que nació Jesús (a mi sinceramente me cuesta creerlo) nos dimos un paseo por el Belén actual, lleno de tiendas, para conocer a Mike, un palestino pelirrojo de origen irlandés que esconde una ikurriña en su tienda, además de un montón de souvenirs y una hospitalidad a la altura. Nos tomamos un te de menta y charlamos de la vida diaria de Palestina. Un lujo que también tenemos que agradecer a Nagore, ya que nos lo presentó él.


Para comer, una propuesta diferente, The Tent, una tienda beduina, pero con wifi gratis y, sobre todo, una comida excepcional. La selección de ensaladas casi es para una comida completa, pero si después de 18 platos aún eres capaz de comer más, la parrillada de carne variada también estaba estupenda.



De vuelta a Jerusalem vivimos la experiencia más fuerte y reveladora del viaje. Teníamos que dejar el coche en Belén y cruzar el muro a pie hasta la zona israelí. Aquí es donde puede verse lo que un palestino tiene que vivir a diario para ir a trabajar. Eso los que tienen permiso para cruzar el muro, que hay muchos jóvenes palestinos que nunca han podido salir de Belén como hicieron libremente sus padres y abuelos.

El acceso al muro a pie te hace recorrer pasillos de jaulas donde gente de todas las edades se agolpa desde la madrugada para poder llegar a tiempo a sus trabajos. Nosotros lo atravesamos por la tarde, sobre las 8, y no había mucha gente. A las mañanas, para poder llegar al trabajo a las 8, hay que ponerse a la cola del muro para las 4 o 5 de la madrugada. Los controles son continuos, del mismo estilo que en un aeropuerto. y al final de los pasillos, una garita, con un scanner digital que decide si pasas o no (los ciudadanos extranjeros pasan sólo enseñando el pasaporte)


En este momento, el personal decide si te deja cruzar. Asistimos a una escena en la que la agente de frontera estaba haciendo punto, negando con la cabeza, mientras una chica palestina enseñaba carnets, salvoconductos y todo tipo de documentación. Nuestra espera, con los pasaportes extranjeros en la mano, desatascó la situación; pero fue suficiente para que una fuera consciente de lo que cada día pasa en esos pasillos.

El muro es una vergüenza y los extremismos de ambos bandos se retroalimentan. Esa es la enseñanza que saqué de Belén. Y también otra, de boca de Mike, que la convivencia es mayor de lo que parece en el extranjero, que la mayoría de la población bastante tiene con vivir, trabajar y llegar a fin de mes y que la vida normal, con las trabas de cortes de luz, agua, etc por parte de los israelíes, no deja de ser eso: normal.