miércoles, 30 de enero de 2013

Masada, Ein Gedi y el Mar Muerto

Oasis de Ein Gedi
Aunque Jerusalem tiene tanto para ver y para descubrir que no hace falta salir de la ciudad, una visita al Mar Muerto se antoja imprescindible. En lugar de ir por nuestra cuenta, aprovechamos la oferta de tours que organizaba el hostel, a través de Abraham Tours y que combinaba el chapuzón con una experiencia de amanecer en Masada y visita al oasis de Ein Gedi. Así de partida suena bien ¿no?



La primera pega viene en la hora de salida de Jerusalem. Lógicamente, para ver amanecer en Masada hay que salir de Jerusalem temprano... o tarde, según se mire, porque las 3:00 bien pudiera ser una hora de llegar a casa. El viaje a la fortaleza de Herodes es largo y llegas allí de noche cerrada. Las excursiones de Abraham Tours son baratas pero carecen de algo fundamental: el guía. Cuando una prescinde de esto se da cuenta de la tremenda importancia que tiene. Porque llegar allí y no saber ni qué hacer... Con la oscuridad total de la noche, una centena de muchachos americanos adolescentes cantando y haciendo ritos que arrancan a andar montaña arriba sin saber muy bien cómo ni hacia dónde. El teleférico está cerrado a esas horas (aviso a navegantes) y la única forma de subir a Masada (450m sobre el nivel del Mar Muerto) es a pie por una estrecha vereda que se denomina la serpiente blanca. 

Masada desde el inicio del sendero
Una es consciente de sus limitaciones físicas y su poca aptitud para el deporte en general, pero subir un monte a las 5 de la mañana sin haber dormido es demasiado para cualquiera en su sano juicio. Llegamos a la mitad del camino y encontramos un mirador desde el que el amanecer sobre el Mar Muerto se veía fantásticamente. Una pena no haber podido ver Masada, porque el conductor del autobús sin guía nos esperaba a las 7:00 para llevarnos a la siguiente parada: el oasis de Ein Gedi.

Cascada de David. Prohibido el baño ;-)
Tras desayunar opíparamente en el restaurante del oasis la vida se veía ya de otra manera. Confieso que nunca había estado en un oasis, pero mi imagen mental tenía más que ver con un pocito con cuatro palmeras en mitad de un mar de arena que con la maravilla de cascadas y pozas cristalinas que se encuentra en este parque natural israelí. 

Un sendero te lleva por un ascenso ligero de cascadas y pozas en las que puedes bañarte (excepto en la de David, aunque el personal hace caso omiso) o refrescarte, porque aunque era temprano hacía muy buena temperatura ya. El punto final, la cascada de David, es sencillamente espectacular. Ein Gedi no es un lugar muy conocido, pero realmente merece mucho la pena. 



Con el buen sabor de esta visita nos dirigimos a la última etapa de nuestro viaje (y son sólo las 10 de la mañana) el imprescindible baño en el Mar Muerto para comprobar que en sus aguas no puedes hundirte por la densidad de sal que tienen. La verdad es que es un espectáculo ver los cristales de sal en la orilla y el barro negro que la gente se unta por doquier ofreciendo un espectáculo extra en sus orillas. Este lugar está lleno de resorts con todo lo necesario para el baño y la posterior ducha. dicen que el sol no quema en el mar muerto, pero yo no me atreví a probarlo sin crema protectora. No uséis un bañador al que tengáis mucho aprecio, entre el barro y lo corrosivo de sus aguas una tiene la sensación de riesgo de desintegración constante. Los ojos y la boca son zonas sensibles. El sabor del agua es horrible y si te entra algo en los ojos ya puedes correr a lavarlos. Sin embargo la experiencia es única e imprescindible. 


La vuelta a Jerusalem, ya de día, te permite ver la profundidad y la diferencia de altura a la que se encuentra esta zona. El paisaje es sublime de camino. Aunque también pueden verse los barrios de colonos que metro a metro arrebatan la tierra palestina. Así es este país. Un lugar de grandes contrastes.