viernes, 13 de agosto de 2010

Thelma y Louise 4ª parte... Big Sur


Continuamos viaje hacia el norte, por la costa y nuestra primera parada es Malibú, una secuencia de mansiones, playas, ciclistas, olas y cientos de coches de surfistas aparcados al borde del acantilado.


Contemplar como rompen las olas me parece una de las cosas más relajantes que se puede hacer, pero si además se acompaña de buenos surfistas, resulta simplemente perfecto. La surfwoman de la foto se lo pensó un poco pero finalmente surfeó como una campeona.



Y una vez más nos metemos en una película. Ambas somos fans del vino y no podíamos dejar de recorrer en el condado de Santa Bárbara los lugares donde se rodó la película Entre Copas (Sideways) Curiosamente, la mayoría de la gente piensa que esta película se rodó en Napa, un lugar mucho más conocido para los europeos, pero no fue así. 


Santa Bárbara es un condado vinícola emergente en el que están invirtiendo muchos famosos de Los Ángeles, ya que está más cercano a esta ciudad, mientras que Napa está más ligado a San Francisco. Esta zona es también muy conocida por los ranchos de cría de caballos de carreras. 



No teníamos mucho tiempo para poder recorrerlo todo, así que elegimos el pueblo de Los Olivos, donde las dos parejas de la película comparten una cena de maridaje en Los Olivos Café, comimos allí, muy bien pero muy caro.



Tuvimos la suerte de que en el pueblo había una reunión del Rotary club con concierto de jazz y mucho ambiente. Todo el pueblo está lleno de salas de catas en las que probar el vino, un concepto muy diferente al europeo donde se visitan las bodegas. Aquí lo importante es la cata, de muchos vinos, pero muy poco de cada uno y con interesantes maridajes. Como la propuesta de vivir Italia y España a través de vinos americanos no nos pareció muy interesante después de haber vivido ambos países en vivo, nos decantamos por la cata de vino y chocolate. 



El local era indescriptible, todo lleno de corazones, y la dueña a juego con la historia, pero la experiencia fue estupenda. Tanto el vino como los chocolates estaban muy buenos y la combinación de ambos hacía resaltar mucho las cualidades de estos vinos americanos que tienen sabores muy intensos.


Continuando nuestros viaje y por apretura de tiempos estuvimos a punto de dejar de ver el Hearst Casttle. La mansión del magnate de la prensa William Randolf Hearst en el que está basada la película Ciudadano Cane (muy a su pesar). La mansión es espectacular. Un conjunto de obras de arte importadas de todo el mundo y combinadas en un alarde de ostentación y lujo que merece mucho la pena visitar.



Los abuelillos que guían las visitas son un encanto, con sus anécdotas y sus historias hacen de la visita una experiencia memorable. Entre las obras de arte que salpican la mansión destaca una sillería de coro española instalada en el comedor, preparado para una cena de las que se celebraban en esta casa con las actrices más cotizadas del momento. Pero no es lo único: chimeneas escocesas, piezas egipcias en el jardín, y todo tipo de salas de juegos, un cine, salones adornados con tapices flamencos...



Las piscinas son igualmente espectaculares. La exterior decorada con un auténtico templo griego y la interior  realizada con mosaicos al estilo árabe y un juego de luces que invita a darse un chapuzón y te traslada al tiempo en que un par de privilegiados disfrutaban de este lujo.



Tras la visita al lujo más indecente, seguimos hacia el norte para dormir en San Luis Obispo, otro pueblo formado en torno a una misión española que sigue intacta. Pero siguiendo nuestra costumbre de acabar el día junto al mar, nos acercamos a Harford Pier en Avila Beach.



Este antiguo pantalán de madera conserva todo el sabor pesquero de su inauguración en 1873. Está lleno de gaviotas y leones marinos y dentro se esconde un restaurante de mariscos y pescados.



En Avila Beach había muchos grupos haciendo barbacoas en la playa, pero en especial nos llamó la atención una boda que se celebraba allí mismo, con sus padrinos de blanco y sus damas de honor uniformadas. Fue muy divertido colarse en esa fiesta, aunque fuera de lejos para no molestar.



Al día siguiente, después de pasar la noche en un motel Super 8 de San Luis Obispo nos dirigimos al Big Sur, una carretera al borde del mar, con unas vistas espectaculares y que hay que recorrer despacio porque solo tiene dos carriles y está llena de motos, coches y autocaravanas.



Hay numerosos miradores desde donde disfrutar de las vistas y un cafe en el camino con una terraza maravillosa para comer, se trata del Café Kevah, más modesto que su hermano rico el Nepenthe, situado en la terraza superior. Ensaladas, queso, cosillas de picar... una delicia bajo el sol. 



La carretera Big Sur no es la mejor opción para viajar entre Los Angeles y San Francisco; pero perdérsela es un pecado mortal. Dejo para la siguiente entrega nuestra visita a la ciudad de los tranvías y las cuestas imposibles...